Historias desesperadas desde un anonimato jamás escrito, que rebozaban en la mente de la pequeña criatura, en su mente se retorcían ideas irracionales y ocasiones que fueron ocultas.
No se imaginó lo terrible que fuese verla a los ojos, lentamente cambiaban constantemente de color y se obtenía un matiz diferente al de un ser cualquiera, al de un ser que no estuviese en decadencia. En la calle se encontraba caminando por los oscuros pasadizos mientras que corría sobre las baldosas entrepuestas y los adoquines ya viejos; bajo la luz de la luna se hizo una promesa, una a sí misma, la cual después de ese día no recordaría.
Rebosaba de alegría en llanto, su muñeca había aparecido de nuevo, contemplándola al lado de la fuente mientras jugaba con el agua, la pequeña niña desconcertada veía como se borraban sus facciones, y la pobre muñeca deshilachada veía como la niña lloraba su pena y su perdida.
El hombre que yacía sobre esa caja de cartón ocultándose de cualquier otro espectador, tenía el mejor puesto allí sentado, la pequeña niña lloraba y la muñeca lentamente desaparecía, y él la obra de teatro desfigurada disfrutaba.
Le tenía miedo a los ojos de la niña, después de que dejaron de derramar lágrimas, volvieron a ser los mismo, aquel hombre desdeñoso y dejado, escondió su alma en lo más profundo de su ser, tenía miedo de que esta fuera arrebatada. Su pupila se expandía y el hombre calló tendido sobre su caja de cartón, no pudo esconderse, no lo pudo hacer ante ella, la muñeca se quedó a su lado, para que su alma que tanto había guardado tuviese algo que contemplar, pero aquella muñeca solo tenía un rostro desfigurado.
Corriendo bajo la luz de la luna, la pequeña niña llevaba consigo un bolsito, ahora que llevaría allí la señorita sonriente que recorría las calles sin prisa alguna.
Que ha de dejar en el mundo que sobresale ante la luz de su amada luna.